La
mitad de lo que he vivido podría reescribirlo en tercera persona, describirlo
como un ser omnisciente que simplemente fue espectador del momento.
Hasta
que llega ese reglón donde se acaba el voyerismo y se regresa a primera persona.
Los
cortes de la carne se sienten centímetro a
centímetro.
Una
sonrisa, dos, un abrazo, estar tirados mirando el techo, compartir un silencio
durante horas, detalles que crean un hogar. Confianza en ser y dejar fluir.
Hacerse
círculos en la piel buscando acurrucar el alma y calmar los malos ratos, los
errores, las heridas.
Más de
una herida curaste con tus círculos, más de una sonrisa provocaste con uno.
Y
pensar que esos círculos son como mi vicio más letal, mi secreto más oscuro.
El
tacto es la parte física de la compañía.
Abrazos
que cumplen como protección.
Miramos
nuestros sueños deseando que en algún momento se trasformen en nuestra
realidad.
Ahora
que cierro los ojos y a pedazos recuerdo y dibujo por el lado de adentro de mis
párpados, solo quiero apretar los dientes y esperar que ese momento se
convierta en un sueño, una pesadilla.
En ese
momento eran los mismos círculos, pero en otra parte, eran las mismas mañas
pero conmigo. Y ya dejaron de ser los círculos de siempre, dejaron su energía y
sentí como un taladro se metía por mi ombligo y me apretaba la garganta.
Una de
mis manos corrió buscando tus círculos, para callarlos. Hay verbos fríos y
mudos.
La puse
en mi pecho y ella buscó solamente huir.
Espero
que el lenguaje de tu espalda a espaldas de la mía siempre sea el mismo.
Por que
es lo que hay, es lo que quedó.
Ya no
creo en los círculos.
No creo
en tu compañía.
Creo en
tus mañas. Y no las quiero cerca.