Pasadas las once, pasadas las nauseas,
siempre la misma habitación, donde no hay techo y el agua cae libre, donde mojo
mi rostro y disimuladamente lloró.
Dejando que mi hermano menor, el tiempo,
reparta minutos cortos y mudos para que las gotas se congelen y me desprendan
la piel.
Por que vivimos rozándonos de partículas
que flotan en el aire.
Partículas azuladas que cambian las formas y
equilibran la continuidad.